
No sabía que hacer.
Me quedaban diez minutos. Diez minutos y yo acá parado como un boludo.
Mientras, ella se estaba yendo.
Siempre fuí un cagón. Siempre.
¡Pero me quedaban diez minutos! ¿Cómo podía no decírselo? Decirle todo lo que provocaba en mí, todo lo que había pasado en mi vida por ella, las cosas que me había hecho sentir. Las cosas que sentía.
Nueve minutos… Ella ya estaba a mitad de cuadra. La calle repleta de gente y ella que se iba en ese vestido rojo, ajustado. Debajo de ese vestido se notaba su figura, se marcaban sus formas. Caminaba como si fuera la dueña de la calle. Y todo el mundo que se daba vuelta para mirarla. Parecía que se les iban a salir los ojos de las órbitas. Ella siempre llamaba la atención. Siempre.
Cinco minutos… me decidí a seguirla. Me decidí a cambiar. Cuatro minutos para cambiar toda una vida de pobre tipo que nuca se animó decir lo que sentía. Que siempre se guardó las cosas para sí mismo.
Tres minutos. Empecé a correr, chocando con la gente. A medida que avanzaba caían señoras viejas, los hombres me puteaban, los nenes me miraban y no entendían nada. Al grito de “¡Perdón!” y “¡Disculpe!” yo seguía corriendo y arrasando con la gente en mi camino.
Un minuto…
- ¡Estela! - Grité
- ¡Estela! -
Ella se dió vuelta y me miró… Me dió esa mirada que siempre me daba. Con la ceja izquierda levantada y el ojo derecho entrecerrado.
- ¿Sabés que Estela? Sos una hija de puta. Una gorda de mierda que me hizo la vida miserable que toda mi vida me hizo sentir como una mierda -. Y continué: - ¡Ah! y ese vestido rojo y ajustado te queda como el culo. Se te marcan todos los rollos. La verdad que das asco -.
El último minuto de mi vida fué el mejor de toda mi vida, valga la redundancia.



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